Hoy estoy especialmente contento porque he abierto Deviolines a nuevos autores, que plasmarán aquí­ sus inquietudes, pasiones y reflexiones sobre el violí­n.

Este artí­culo lo ha escrito Camilo Arias, un forista que no oculta su predilección por los violinistas del siglo XIX y principios del XX.

En esta ocasión nos trae la historia de Manuel Quiroga Losada, un violinista español que alcanzó la mayor fama que se puede obtener, despertando auténticas pasiones allí­ donde actuaba, al nivel de las grandes estrellas actuales de rock, pero que extrñamente, acabó pasando casi al olvido.

Espero que os guste.

Jesús Fernández


Saludos, compañeros cuerdistas.

Continuando con el hilo de mi primera publicación (la estética del pasado) os traigo esta vez una pequeña disertación acerca de un violinista español del siglo XlX, a saber: el afrancesado pero muy enérgico Manuel Quiroga.

Manuel Quiroga Losada (1892-1964) formó, junto a Juan Manen y Sarasate, parte de la triada más grande de la historia del violin español. Tuvo una formación maravillosa: luego de estudiar un rato en Madrid ingresó en el Conservatorio de Paris con 17 años (!), donde se la pasó tomando el té con nada más y nada menos que Millhaud, de Falla, Casals, Kreisler, Enescu y el mismí­simo Ysaye. El aprecio que le tuvo este último está registrado para la historia en la famosa dedicación de la legendaria sexta sonata, con sus ritmos habaneros, que son como guiños de ojo para el querido colega español.

Con sólo 19 años ganó el primer premio del conservatorio, en frente de jurados como Faure y Kreisler (siendo el segundo español en conseguirlo después de Sarasate) y con 22 ya estaba haciendo carrera renombrada, entre USA y Europa.

El toque dramático de su biografí­a lo da un triste accidente a los 46 años, cuando volviendo a su hotel de un concierto en el Time Square, le atropelló un camión que le dañó el brazo derecho y le truncó la carrera, dejándole en un sanatorio donde pintó cuadros hasta su muerte -bien entrado el siglo XX, por cierto.

De Quiroga os traigo una vieja grabación de “jota navarra” de Sarasate. Lo que me ha sorprendido en él – y creo que esto es un rasgo general en la estética del violin del pasado – es una alegre despreocupación por la limpieza, algo que desde nuestra perspectiva llamarí­amos falsamente carencia de técnica.

Son muchos los factores que determinan este sonido, y me parece que lo apasionante es identificarlos. Yo creo que una parte de esta falta de rigurosidad se debe directamente al carácter un poco vulgar de la pieza, a su origen jocosamente folclórico y mediterráneo. Pero hay elementos históricos, más profundos que quizá nunca lleguemos a entender. Estamos hablando de la sensibilidad del hombre de otra época, del hombre del siglo XIX alumbrando con velas la habitación por la noche, calentándose con leña en el invierno y viajando por el mundo en barcos o en coches lentí­simos – si bien no a caballo. Es el hombre sin tele, sin metrópolis, sin tecnología, obligado a interactuar en el dí­a a dí­a con cartas floridas y elegantes conversaciones, en relaciones más poéticas y sensibles. Estas son todas cosas incomprensibles para nosotros, hombres del futuro, son cosas casi indescifrables.

Sin embargo, uno de los factores que podemos identificar con mayor seguridad es la ausencia del sonido grabado. Aquella “falta de rigor” en la técnica del pasado es la naturaleza de una interpretación fresca y viva, que era el único medio de llevar música a los oí­dos del público del siglo XIX. Eran otros los parámetros de esta clase de interpretación, en una época libre de la radio y los cds. Supongo que cuando sólo se puede experimentar la música en vivo, cuando no se puede escuchar una segunda vez, la vivacidad y lo poderoso de la expresión desplazan a la meticulosidad técnica, a la higiene sonora. Lo que oí­mos aquí­ es la conciencia de los intérpretes antes de tener la oportunidad de conocer una reproducción de su propio sonido, antes de las grabaciones en las que por primera vez, podían escuchar sus fallas técnicas replicadas una y otra vez. Una conciencia en la que la perfección técnica cedí­a lugar a una fantasí­a rebosante, que llenaba el sonido de una profunda riqueza, de una identidad y una intención claras como las de la voz de un hombre. Identidad e intención, estas son las palabras que para mí­ definen el sonido del violinista del siglo XIX, que es completamente original, lleno de marcas personales, como una huella dactilar, con sus caprichosas curvas y espirales. El vibrato no es capa constante y estática, sino un medio bien regulado del que a veces se prescinde (esto lo podéis oí­r en grabaciones de piezas mas vocales, más tarde hablaré de ello a mano de una grabación de Joachim).

Pero en esta navarra de Quiroga lo que más me ha impresionado son una articulación y un rubato brutalmente exagerados, que se unen en las inflexiones vocales casi caricaturescas de un sonido que no tiene miedo de hablar, que no tiene miedo de decir exactamente lo que quiere decir ¿Fuera de tiempo? ¿Desfases con el pianista? en comparación con nuestra estéril estética moderna, este tí­o lo que tiene son los cojones y la consciencia artí­stica necesarios para sacrificar los protocolos del compás a cambio de revivir la euforia histriónica de una Navarra española.


 

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