Mi Madre y la Música

  • Traducción de Selma Ancira
  • El Acantilado, 2012.

“Todo lo que supe y amé lo aprendí antes de los siete años.

Después, ya no supe ni amé nada nuevo”.

Marina Tsvietáieva


Cuando la madre de Marina supo que no nacía el varón que tanto deseaba, se dijo a sí misma: “Bueno, al menos tendremos una buena músico”. Tal es el comienzo de este relato, de mano de una de las poetisas rusas más importantes del siglo XX, una mujer cuya vida será el epítome de los infiernos y que nos dejó, además de su poesía, esta narración viva, lúcida, donde la fuerza de la prosa de Tsvietaiéva convierte cada cosa cotidiana en el algo mágico y el recuerdo de la infancia en los maravillosos paraísos perdidos que se desvanecen en el tiempo.

Marina Tsvietaieva bebéLa pequeña Marina tiene cuatro años y las manos muy grandes, su madre, María Mein, pianista frustrada por su condición de esposa y madre, se había casado por imperativo paterno con un amable profesor de Historia del arte entregado a la causa de crear el Museo Pushkin, que aún hoy se erige en Moscú, pero que nada sabía de música ni de liberación femenina. “Mis hijas serán artistas libres, eso que tanto me habría gustado ser”, se dice a sí misma una madre culta y apasionada, que crió a sus hijas en casa. Les inculcó tres idiomas además del ruso (alemán, italiano y francés), algo que más de una vez salvará a Marina de la miseria en el futuro, pero María Mein pecó de una tremenda frialdad y se equivocó en las vocaciones de sus hijas.

Su madre las inundó de música: “nos dio a beber de la vena abierta de la lírica, como nosotras después, habiéndonos abierto la nuestra sin piedad, intentamos dar de beber a nuestros hijos la sangre de nuestra propia tristeza”, dice Marina aludiendo a lo que estaba por llegar. Es evidente que después de una madre así, ella solo podía hacer una cosa: convertirse en poeta.

Marina tiene las manos muy grandes y toca el piano como el terciopelo, su hermana, en cambio, lo toca de forma atroz: “por una cosa o por la otra, tocaba de un modo no solo lastimoso, sino lacrimoso, con arroyos de pequeñas lágrimas sucias y un fastidioso i-i, i-i, i-i de mosquito, a causa del cual todos en casa, se cogían la cabeza entre las manos al grito desesperado de: ‘¡Otra vez no!’!” Pero Marina se resiste a las notas, al solfeo: “está la tecla aquí, es esta, negra o blanca, pero la nota no está”, dice la niña perpleja, “además -la tecla se oye, la nota- no”. A las teclas las amaba, para las notas quizá era demasiado pronto, con apenas cuatro años. Quería a su piano, pero odiaba el metrónomo y el solfeo. Sin embargo, la escala cromática se convirtió, “en la afinación de mi alma… es mi espina dorsal, la escalera viva a lo largo de la cual todo lo que hay en mí capaz de resonar, resuena”.  En ella resonará la poesía, pues amaba las palabras en cuanto a tales, como todo poeta: “escribía las notas en el pentagrama, con la sensación de estar poniendo un cisne sobre los hilos del telégrafo, pero era el entusiasmo del escribano. Entusiasmo musical, no tenía”. Para desesperación de su madre. “Sí amaba. Amaba la Música. Lo que no amaba era mi música”, confiesa.

Lo que Marina amaba era la palabra, la musicalidad de las palabras, la poesía. Entraba en el cuarto de su hermana Valeria y, a escondidas, memorizaba todas las canciones y romanzas que esta cantaba. Le fascinaba la escritura en la partitura, pero no la de las notas, sino la escritura de la canción con las palabras separadas por guiones. Esos guiones que luego ella empleará profusamente en su poesía y en su prosa, como vemos en este mismo relato, guiones que son como suspiros, como respiros.

Y es que Marina Tsvietáieva es una poetisa tan inclasificable que muchos rusos admiten que sus palabras parecen conformar un idioma extranjero, juega con la tipografía, sobre todo el guión ya mencionado, más largo de lo normal, juegos de palabras, derivaciones, conjugaciones, cualquier cosa con tal de exprimir la palabra como concepto, como imagen, como raíz, en toda su musicalidad. No en vano, Boris Pasternak (autor de Doctor Zhivago) le dijo una vez: “exiges a la poesía aquello que solo puede dar la música”. La poesía y prosa de Tsvietáieva es música pura, como si transcribiera la voz de su conciencia y de la gente que conocía. “Pobre mamá, cuanto sufrió por mi culpa y jamás se enteró de que toda mi ‘“no-musicalidad’ solo era una música distinta”.

Su madre enferma de tuberculosis, Marina narra sus últimos días: la madre en la terraza bajo el sol, la madre al piano tocando una pieza de Schumann llamada “Warum” (por qué), perteneciente a sus Fantasistrücke, una pieza que le suena tan distinto a ella, tan melancólica, como le suena a Rubinstein en el vídeo que hemos elegido. Su madre muere ante el piano, profiriendo estas últimas palabras: “solo lo lamento por la música y el sol”.

Después de la muerte de su madre, Marina redujo la música a la nada, “fue algo natural, como el mar, que cuando se retira deja huecos, primero profundos, después menos, después apenas húmedos: estos huecos musicales –huellas de los mares maternos- en mí se quedaron para siempre”.

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Y de esa infancia burguesa, culta, en una Rusia romántica donde las clases altas y las clases medias acomodadas escuchaban a Rachmaninov y Tchaikovsky, mientras el pueblo agonizaba de hambre e injusticia, de esa infancia Marina iba adentrarse en los infiernos. Escuchemos a un jovencísimo Eugeni Kissin, en unas grabaciones memorables, antes de narrar este infierno que nuestro libro no relata, pero desde el cual habla Marina, pues lo escribió años antes de morir, joven, eso sí.

Marina Tsvietaieva en 1930Rusia empezaba a ser otra y cuando estalló la revolución, Tsvietáieva ya había publicado con éxito varios libros de poemas, se había casado con un estudiante eterno y tenía dos hijas pequeñas. Con las purgas estalinistas,  gran parte del pueblo ruso acabó en el gulag o en las fosas comunes; muchos intelectuales fueron purgados con juicios sumarísimos o denuncias falsas: Anna Ajmátova, la otra gran poeta rusa del siglo XX (Cayó la palabra / de piedra sobre mi pecho / vivo aún del todo) acaba en un oscuro campo de trabajo; tuvo que quemar su archivo y su poesía solo se transmitió oralmente durante generaciones. Dicen que Ossip Mandelstram, el padre de la poesía rusa del siglo XX, muere tras un infierno en el Gulag. La propia Marina sobrevive sola, con sus dos hijas, en un Moscú asediado por el hambre y el terror, comiendo tan solo patatas “podridas como medusas”, calentándose con las vigas que ella misma serraba de la buhardilla en la que vivían. Su hija pequeña Irina, morirá de hambre en un orfanato, mientras Alia agoniza de fiebre por la malaria.

Marina Tsvietáieva se adentrará en el exilio sin dejar nunca de escribir, viviendo miserablemente de las traducciones que Boris Pasternak le conseguía, comiendo a duras penas en su personal camino hacia el infierno. Su escritura era febril, casi enloquecida, como lo es la lectura de sus “Diarios de la Revolución”, sus cartas o su poemario, también este pequeño librito que a veces parece una alucinación, otras un juego musical en sí mismo. Nuestra autora escribe como una luz en el desierto, como si apenas quedara tiempo (y no quedaba), a veces con un misticismo parecido al de San Juan de la Cruz.

Tras más de dieciocho años de exilio y en una terrible decisión final, decide regresar a Moscú, allí descubrirá que hay horror más allá del horror: su marido, el eterno estudiante que nunca parece que estuviera ni se le esperase, será acusado de espionaje y fusilado; su hija Ariadna, enviada embarazada a un campo de trabajo. Ella misma, será purgada y terminará en el exilio en el oscuro pueblo de Yelábuga, junto a su hijo Mur, su gran pasión. Allí, desesperada y tras negársele un trabajo como friegaplatos en la cantina de la Casa de escritores, en el crepúsculo, como ya había escrito en sus versos, se suicida. “Y a mí discúlpeme –no pude más”, dejó escrito. El mundo real la aniquiló, de ella no nos queda su música, pero sí la palabra que, a veces, muy contadas, puede llegar a ser lo mismo. Cuenta la leyenda, que Marina Tsvietáieva se colgó de una viga, con la misma soga con la que Boris Pasternak le había atado la maleta para ir al destierro.

Marina Tsvietaieva

A  Alia

mi hija

Algún día, criatura encantadora,
para ti seré sólo un recuerdo,
perdido allá, en tus ojos azules,
en la lejanía de tu memoria.
Olvidarás mi perfil aguileño,
y mi frente entre nubes de humo,
y mi eterna risa que a todos engaña,
y una centena de anillos de plata
en mi mano; el altillo-camarote,
mis papeles en divino desorden,
Por la desgracia alzados, en el año terrible;
tú eras pequeña y yo era joven.

 

«Cuando en mis escritos tropiece con un guión, sepa que se trata de un suspiro».

Carta a Boris Pasternak

“sepa usted que no me lleva a ninguna parte, que ya he sido llevada de todos los lugares del mundo –y por mi propia cuenta- hacia uno solo, al que no llego nunca”.

Noches florentinas

“Las otras mujeres le hablarán de sus grandes cualidades morales; otras de su buena presencia…Yo no vi más que el fuego…¿pero acaso es menor la piel? El pelo es la noche, -el antro- las estrellas- la voz que clama”.

Carta a la Amazona y otros escritos franceses

“Recito como alguien que se ahoga, no, como un pez que se atraganta con su propio mar”.