Fui niño y adolescente en las décadas de los cincuenta y sesenta […] los que hablaban “castrapo” (mezcla de castellano y gallego) eran paletos y, sobre todo, más pobres. La música de la radio y de las orquestas era la buena; los gaiteros y las canciones de los labradores y de los viejos eran cosas “pueblerinas” e incultas. […] Cuando pasé de los veinte comencé a recoger música y tradición. Descubrí que la gente sentía de otra manera, […] gustaba de la gaita, de las cantigas y los romances. Y cuando cantaban delante de una grabadora se emocionaban por el valor que se comenzaba a dar a aquello que había sido vida postergada y despreciada durante años de franquismo y nacional-catolicismo brutal.

Pero todavía había una forma musical que tenía connotaciones peyorativas: los cantos de ciegos. Eran cosas de faranduleros. Cantares sin aprecio social. Curioso… Casi toda la gente sabía cantarlos de memoria con quince, veinte o más estrofas. Mi cabeza estaba ya hecha a las contradicciones de mi País, pero ésta era exagerada. Traté con algunos ciegos que habían ejercido la profesión de cantores de ferias y romerías y aprendí a apreciar su “castrapo”, su poesía simple aunque cargada de claves de entendimiento populares y hondas, la otra cultura, la otra vida y, sobre todo las melodías, el canto semigutural, el arte de atraer y mantener la atención de la gente cantando y tocando el violín, con sus adornos y mordentes con sabor barroco, de exhibición, la difusión de sucesos célebres, la exageración de las letras […] cuando acontecía un crimen o un suceso digno de ser cantado, el ciego acudía a un instruido (maestro, cura, secretario de ayuntamiento, poeta de mala o buena muerte) y previo pago, le encomendaba la composición de la letra para la feria siguiente. Los derechos de autor eran liquidados por cinco, diez o quince duros y la imprenta se encargaba del resto […]

 

Xosé Luís Rivas Cruz

violinista ciego

O cego de Viloalle, Bartolo das Aceas: Fuente: http://bartolodasaceas.blogspot.com/2018/01/os-cantos-de-cego-na-marina.html


 

Ando hace un tiempo interesándome por músicas y tradiciones populares españolas, ignoradas hasta el momento (como tan bien ilustra la cita anterior), y minusvaloradas en comparación con sus homólogas foráneas.

He recordado a mi abuela, originaria de León, recitando el Romance del Pernales, aquel bandolero violento que adquirió aura de justiciero a principios del siglo XX. Me fascinaba cómo peroraba, enfáticamente, con una ligera musicalidad, una historia muy larga y trágica sobre este individuo, en el que la narración se desarrollaba mezclada con cierta disimulada admiración hacia el famoso delincuente.

Estos romances parecían ser como una lenta internet de la antigüedad, con sus bulos, sus memes, sus leyendas. Las historias se transmitían de boca a oreja, por medio de troveros y copleros que recorrían caminos y ciudades acompañándose de algún instrumento.

Y el violín, (o sus progenitores, el rabel y la fídula, en épocas antiguas) fue protagonista en muchas regiones ibéricas: Castilla León y sus rabelistas, las Alpujarras con sus troveros y verdiales, y por supuesto, Galicia con su tradición celta y su Camino de Santiago.

Es además especialmente interesante la circunstancia de que muchos ciegos buscaran su forma de vida con esta actividad musical errante. Una tradición que se repite histórica y geográficamente allá donde busquemos. Desde Homero, encontramos esa relación entre música y ceguera, plasmada en obras gráficas y fotografías, desde los frescos en el antiguo Egipto hasta la evidencia de los modernos cantantes y compositores. Y es que tenemos la obvia intuición de que la carencia de uno de los sentidos potencia el resto, de modo que la falta de visión permitiría una especial predisposición a dominar los sonidos.

Os copleiros da rúa (Pontevedra, c. 1890). Fot.: Francisco Zagala. Fuente: Archivo del Museo de Pontevedra. Tomada de: Proxecto Virtual Recuperación do Patrimonio Musical Galego Séculos XIX-XX.


Los violinistas copleros ciegos

No sólo por esa desarrollada memoria que les permitía interpretar un repertorio tan amplio […] sino también por el método de aprendizaje, los ciegos poseían una gran capacidad de aprender melodías de oído, por lo que desde hace siglos en numerosas ocasiones aprendían a tocar un instrumento para acompañarse en su canto y así poder ganarse la vida. En este fenómeno, tuvo en nuestra Península y parte de Europa una enorme importancia el Camino de Santiago, en el que se desarrolló una gran afluencia de juglares y trovadores entre los cuales empezaron a aparecer, a finales del siglo XIV y principalmente durante el siglo XV, ciegos cantores de coplas que vendían literatura de cordel (género de literatura popular que recogía principalmente romances, coplas, canciones populares, sucesos o vidas de santos y se imprimía normalmente en pliegos –hojas sin encuadernar– o estampas, de cuya venta se encargaban principalmente estos ciegos), que acabarían convirtiéndose en la figura fundamental de transmisión oral de noticias y leyendas, a lo largo del Camino, prácticamente de forma gremial y constituyendo un nuevo género lírico-musical: los cantares de ciego, que Sampedro y Folgar ya tilda de picarescos y “pedigüeños”.

Alicia Domínguez

Y así se crean las circunstancias ideales para la proliferación en Galicia (y en zonas próximas como Asturias y León) de la figura del violinista trovero, un personaje a medio camino entre el mendigo y el músico profesional, sospechoso por defecto para autoridades y bienpensantes, pero importante transmisor de noticias y amenizador de fiestas y eventos.

O cega de Miranda, acompañada por su marido al bombo. Fuente: Proxecto Virtual Recuperación do Patrimonio Musical Galego Séculos XIX-XX.


Estos músicos a menudo iban acompañados de lazarillos, en la mayoría de los casos familiares, que los ayudaban, tanto en la labor musical acompañando con coros u otros instrumentos, como en la recaudación o la venta de las coplas impresas.

En su deambular interpretaban piezas tradicionales para animar al baile, como muñeiras, jotas, rumbas, polkas o pasodobles, pero también los romances de ciego que reflejaban los sucesos que acontecían en las vidas de la gente rural. En ocasiones reproducían temas del “acervo popular” mientras que otros temas eran composiciones propias, con frecuentes improvisaciones, sobre anécdotas o incluso sobre algún espectador del público.

Fueron importantes y numerosos en los siglos XIX y principios del XX, pero perdieron su razón de ser con la popularización de los medios de comunicación masivo, la censura y la persecución judicial que causaron las leyes contra la mendicidad.

De entre todos los cegos violinistas, uno de los últimos, y el más famoso, fue O Cego Florencio.

O Cego Florencio

Florencio López Fernández nació en el seno de una familia dedicada a la agricultura y la ebanistería, el 13 de abril del año 1914 en Pim, Lugo […].

Durante su infancia sufrió una parálisis cuyas secuelas le acompañarían toda la vida, así como una viruela que sería la causa de su ceguera. En 1927, Florencio y su familia se trasladaron a Vilares de Pinheira, en Cubilhedo (condado de Baleira), aldea por la que recibiría otro de sus sobrenombres. A los 14 años, fue enviado a aprender canto y violín con Xosé Santamaría, conocido como el Cego de Valeira, para que pudiese desarrollar una forma de ganarse la vida. Algunos testimonios, probablemente los más fidedignos, afirman que de este mentor aprendió su técnica y parte de su repertorio; los menos, sin embargo, sostienen que el ciego de Valeira lo rechazó y consecuentemente Florencio comenzó un aprendizaje musical completamente autodidacta.

África Domínguez

Florencio fue uno de los últimos y más representativos cegos copleros de Galicia. Y probablemente el único del que guardamos constancia grabada de su forma de interpretar. Su influencia en la cultura rural gallega es enorme y sigue siendo estudiada hoy en día.

Uno de los trabajos más profundos sobre Florencio es el de la musicóloga y violinista África Domínguez, que analiza exhaustivamente su cancionero en su trabajo de fin de Grado en la Universidad de Valladolid. En él repasa las características de estos temas y nos descubre características morfológicas y armónicas recurrentes, como:

  • Utilización de diversos modos en distintas circunstancias (dórico, eólico, frigio, mixolidio, etc.) incluso alternándolos en el mismo tema.
  • Ornamentos muy desarrollados (mordentes o floreos, apoyaturas, trinos, grupetos…).
  • Afinaciones alteradas distintas a la justa y la temperada (como el tercer grado a medio camino entre el intervalo menor y el mayor) que proporcionan una particular ambigüedad modal particular.
  • Ritmos binarios y ternarios, ritmos isócronos y heterócronos (misma melodía a diferentes ritmos), aproximándose al ritmo libre.
  • Glisandos

Todas estas características hacen que sea complicado transcribir en partitura la música de Florencio con los matices con los que él interpretaba. Como sucede con cualquier música tradicional, la escucha atenta y la repetición son las claves para captar su espíritu.

Algunos de estos rasgos, como los ornamentos o la entonación ambigua que resulta del uso de alturas neutras, (especialmente en el III grado pero presente en algunas ocasiones en los grados II, VI y VII) proviene de la afinación de algunas gaitas utilizadas en el noroeste peninsular.

Otra característica personal en el estilo de Florencio es su manera de sostener el violín, tan distinta a la estándar: sujetaba el instrumento como se sostenían fídulas y rabeles, hacia la izquierda pero apoyado en el pecho, un estilo habitual en los siglos XVII y XVIII o en otras tradiciones folclóricas en diversas partes del mundo. Además no utilizaba las hoy casi imprescindibles barbada y almohadilla. Esta manera de sostener el instrumento, habitual por otra parte en estilos tradicionales que no requieren apenas cambios de posición, presumiblemente se debe también a la necesidad de cantar las coplas simultáneamente.

Su técnica de arco también remite a la del rabel, en concreto al estilo a lo pesado: en las muñeiras, por ejemplo, cada movimiento de arco corresponde a tres notas, y cada cambio de dirección acentúa la primera nota. En este estilo, la cuerda melódica se ejecuta al mismo tiempo que una cuerda grave a modo de nota pedal, y Florencio tocaba siempre que podía dobles cuerdas, especialmente para destacar los acentos, lo que no aparece en las transcripciones pero se puede comprobar en las grabaciones. Esta técnica se inspira nuevamente a la gaita, con su particular bordón.

Os dejo con uno de los pocos vídeos que quedan de Florencio, y de un cego coplero en general, cantando “A filla de Bartolo”:

La herencia de O cego Florencio

Diría que vivimos en un eterno revival de la cultura rural, al mismo tiempo que ésta mengua y desaparece. Los modos, querencias e innovaciones aparecidas en la música popular son (afortunadamente) recuperadas por apasionados y estudiosos. Sin embargo, su función ya ha desaparecido: ya no son los troveros y copleros los transmisores de conocimientos, historias, noticias, los creadores de ambientes propicios a la festividad, al baile, a la risa, al cortejo. Hoy escuchamos esos sonidos con oídos nuevos y resabiados, por entretenimiento, curiosidad o nostalgia. Nos atrae su aura atávica, primigenia, su sinceridad, sus ecos a la vez ancestrales y cercanos. Pero no podemos volver a esos modos porque hemos educado nuestra sensibilidad musical con infinidad de sonidos de todo el mundo que nos ofrecen un patrón comparativo diferente.

Pero la riqueza musical de estas tradiciones terminan impregnando a los nuevos artistas, y vamos a ver unos cuantos “hijos de Florencio” que han integrado su música para crear caminos propios. Y lo vamos a hacer con el hilo conductor de uno de los temas más populares de nuestro violinista: la “Muiñeiras de Vai e Ven” o simplemente “Muiñeira de Florencio”.

Escuchadla aquí a manos del propio Florencio:

 

Pancho Álvarez. 

Pancho Álvarez es uno de los más importantes músicos de música tradicional gallega, habiendo formado parte de grupos como Na Lúa, Matto Congrio o la banda dirigida por el popular gaitero Carlos Núñez.

Su primer trabajo fue  el álbum llamado precisamente Florencio, o cego dos Vilares, y es que incorpora un gran número de obras tomadas del repertorio de Florencio, en ocasiones reinventadas o modificadas a su propio estilo, otras manteniendo la técnica y estilo de nuestro ciego violinista. También se añaden piezas que no son específicas de su repertorio, pero que remiten al repertorio de os cegos copleros.

Escuchemos su versión de la Muiñeira de vai e ven.

Begoña Riobó

En 2016 acudí a un taller de música gallega a cargo de una violinista que en aquel entonces desconocía. Se llamaba (se llama) Begoña Riobó y nos enseñó fundamentos de la música gallega al violín de la mano de… sí, la muiñeira de vai e ven. 

En una de las ocasiones estuvimos listos para pedirle que la interpretara a su estilo y poder grabarla para tener material con el que practicar en casa. Ésta es la grabación que le hice con el móvil en la que también podéis escuchar una segunda parte en la que nos enseñó un acompañamiento más moderno para el tema.

Begoña Riobó es actualmente un referente en el folk gallego, tanto con su labor interpretativa (con su propio grupo “Riobó”, en dúo con Xosé Liz, agrupaciones como Sondeseu o colaborando con otros grandes como Carlos Núñez) como en su continua labor pedagógica, habiendo impartido sus conocimientos en eventos como Crisol de Cuerda, el Galicia Fiddle o la escuela E-Trad (Escola Municipal de Música Folk e Tradicional de Vigo).

 

Ismael Cabaleiro, Apel-les Carod, Jesús González y Jon Cottle

El cantar de ciego impregnado de jazz, y tocado por un cuarteto de cuerda, o una muestra de hasta dónde se puede llevar una música que en su base es sencilla. Chops, pizzicatos, armonías jazz e improvisación en una interesante adaptación de Ismael Cabaleiro junto a un grupo de compinches también muy activos en el mundo de las cuerdas folk.

¿Qué os parece? ¿divertimento, genialidad o blasfemia?