Jascha Heifetz
 “Si no practico un día, yo lo noto; dos días, lo nota el crítico; tres días y lo nota el público.

Jascha Heifetz 

 

 

Hay un puñado de violinistas que podrían entrar en una discusión sobre el mejor de todos los tiempos. Y aunque esa es una discusión absurda y de mal gusto no me cabe duda de que Jascha Heifetz entraría siempre en ella.

Heifetz nació con el siglo XX en Lituania en una familia de origen judío (¡qué increíble tradición violinística la del pueblo judío!), hijo de un profesor de violín que empezó a impartirle sus primeras clases a la edad de 3 años. A los 5 empezó a recibir clases de Ilya D. Malkin.

Jascha HeifetzSu descomunal talento natural lo llevó a hacer su debut a los 7 años interpretando el Concierto para violín en Mi menor de Felix Mendelssohn. Podríamos por tanto considerarle uno de los más precoces prodigios de la historia del violín. Cuando Jascha tenía 12 años el gran Fritz Kreisler lo escuchó asombrado, exclamando al final “Deberíamos romper nuestros violines contra las rodillas”.

Es curiosa esa sensación de ser avasallado que sufre quien lo escucha: el actualmente baterista de jazz Joe Morello, fue un niño virtuoso con el violín que era capaz de interpretar el concierto de Mendehlson a los 9 años; a los 15 conoció personalmente a Heifetz y, comprendiendo que nunca conseguiría alcanzar su sonido, decidió abandonar el violín y comenzar a tocar la batería.

Itzak Perlman define el sonido de Heifetz como el de “un tornado”. Otros hablan de una máquina, de alarde técnico abrumador, de falta de emoción. Así se ha ido forjando entre algunos la imagen prusiana, mecánica, fría, soberbia, seriedad altiva, de Heifetz, a la que ayudó él mismo en sus últimos años, encerrándose en sí mismo, rehuyendo a la gente en una mansión con alambres electrificados.

Como yo lo veo, Heifetz era perfeccionista hasta la obsesión, pulía cada interpretación hasta dejarla brillante, clara, diáfana y espectacular, sin ceder a vaivenes emocionales o cambios de humor. Su rápido vibrado y espectaculares portamentos, su forma estar en el escenario elegante, teatral, sin debilidad, pomposa para algunos, ha deformado también la percepción de su música. Una música que busca comprender antes que nada a los compositores, para quienes se constituye en el mejor sirviente.

Ver a Heifetz en acción abruma por la desarmante capacidad técnica, la perfección en la ejecución de todas y cada una de las notas, hasta la más pequeña con su exacto matiz y carácter, toda la interpretación medida y comprendida al milímetro. Porque hay violinistas con gran fuerza y técnica, pero ninguno me produce esa sensación de control absoluto, casi maquinal e inhumano, que transmite.

Jascha Heifetz

Este artículo no busca informar sobre la vida de Heifetz, sino ofrecer algunos puntos de vista sobre su interpretación y lo que ha supuesto para todos los violinistas que han surgido después a su sombra (¿quién no ha dudado con el dilema almohadilla sí/almohadilla no?). Así que lo mejor es que os deje una selección de algunas interpretaciones suyas.

Pocas piezas le pegan más a Heifetz que un capricho de Paganini: complejidad técnica, velocidad, alarde, riqueza en las formas de interpretación… lo mismo que se dice de las composiciones de Paganini, que fascinan pero no emocionan:

En 1939 fue el principal protagonista de la película “They shall have music” en la que se interpretaba a sí mismo obnubilando en las primeras secuencias a un niño pobre que por circunstancias fortuitas llega a presenciar una de sus actuaciones. Podéis ver completa aquí la versión original:

Heifetz afirmaaba que el mejor violinista que había escuchado era un gitano rumano llamado Grigoras Dinicu, de quien realizó esta adaptación, brillante aunque demasiado pulcra para mi gusto.

Un tema para intentar quitarse el adjetivo de frío: Dance of Blessed Spirits, de Gluck

Como curiosidad, Heifetz poseó varios violines de gran valor; los más destacados son el Stradivarius Dolphin, de 1714, el Stradivarius “Piel” de 1731, the Carlo Tononi de 1736, y el Guarneri de 1742 ex David, del Gesù, éste último su preferido y el que conservó hasta su muerte.