Un sabio errante de una época pretérita le dijo a su alumno: “Intenta acceder al interior de tu corazón -allí verás el mismísimo santuario celestial. Ambos son uno y el mismo: a los dos se accede por la misma puerta. Las escaleras que llevan al reino de los cielos están dentro de ti -se ocultan en el interior de tu alma”.

Y es verdad: toda nuestra vida no es sino el intento de encontrar esa entrada maravillosa. Todos nuestros actos no son sino una humilde llamada a esa puerta oculta. Nuestra única esperanza es que quizás llegue un día en el que, como respuesta a nuestra llamada, oiremos una voz que diga: ¡ADELANTE! Porque está escrito: “Llamad y se os abrirá”.

Vladimir Martynov, acerca de Come in!

Hubo un tiempo en que  gran parte de la música que se componía tenía como razón de ser la expresión de un sentimiento religioso, la búsqueda de Dios. A veces producto de un auténtico deseo del compositor, de un impulso de comunión con lo trascendente; otras, simplemente porque era la Iglesia la que encargaba composiciones para sus oficios, la que podía pagar música.

Poco a poco, y sobre todo a partir del siglo XX, los autores fueron abandonando esos motivos, aunque no del todo. Hoy en día muchos compositores trabajan para otros grandes amos, que son las empresas: películas, videojuegos, programas, espectáculos, anuncios de televisión, etc. Unos pocos consiguen dedicarse sólo a la expresión pura y, paradójicamente, algunos han regresado a la espiritualidad, a la religión, como motor de su obra.

Curiosamente algunos de estos autores interesados en la dimensión religiosa de la música son originarios de países del Este, crecidos y educados en el mayormente ateo sistema comunista, como el estonio Arvo Pärt, el húngaro György Ligeti, o quien compuso la obra que hoy muestro: Vladimir Martynov.

Martynov es un compositor ruso que comenzó su carrera interesándose por el minimalismo, el serialismo y el dodecafonismo, trabajó en música electrónica e incluso escribió una ópera rock para un grupo llamado Boomerang at the Scriabin Studio.

También es un gran estudioso de la historia musical popular étnica de los pueblos caucásicos, así como la música medieval rusa y europea. Su sensibilidad hacia la religiosidad europea lo llevó a estudiar teología, filosofía e historia, algo no muy común en la época soviética. A la caída de esta, profundizó aun más en el carácter cristiano de sus temas, escribiendo trabajos especialmente concebidos para los servicios religiosos. La fusión entre su formación minimalista y teológica ha forjado su estilo, de carácter simple, claro, y emotivo.

Fue en esta época de los primeros 80′ que escribió Come in!, esta hermosa y sencilla obra de seis movimientos para dos violines solistas y orquesta de cuerda, dedicada a su pareja Tatjana Grindenko y al gran Gidon Kremer, quienes la estrenaron en Leningrado en 1988.

Habrá quien piense que carece de complejidad pero es difícil no caer rendido al poder sentimental de esas cuerdas, al buen gusto de la orquestación, a la dolorosa tristeza de los sobreagudos en los violines solistas, a su afán por tocarnos el corazón, a su ingenuidad.

 

“Un hombre toca la verdad dos veces. La primera vez es el primer grito de los labios de un bebé recién nacido; el último es el sonajero de la muerte. Todo lo que hay entre ambos es mentira en mayor o menor medida.”

Alexander Martynov

 

En la grabación del vídeo de arriba, a Tatjana Grindenko la acompaña el Ensemble Kremerata Baltica


Fotografía: Dmitry Rozhkov