He estado estos últimos días deseando terminar de cenar, recoger rápidamente la mesa y lanzarme al sofá para adentrarme en la sobrecogedora historia de esta serie documental de Netflix: The Keepers.

Hay que admitir que al principio no parece demasiado atractiva u original: un crimen sin resolver, unas señoras mayores que medio siglo después siguen obsesionadas con ello y siguen investigando, y una cámara que flota entre personas ya ancianas que reviven dolorosamente lo que ocurrió como si el tiempo no curara.

Pero capítulo a capítulo, tras cada descubrimiento, tras cada aparición de personajes, personas “normales” que desentierra nuevos demonios, nuevos horrores, nos va atrapando como pocas ficciones podrían conseguir. Y así nos sumerge en un mundo real en el que habitan monstruos, que viven o han vivido entre nosotros sin que nadie los viera en su verdadera condición, salvo sus víctimas, salvo sus cómplices.

A partir del tercer capítulo ya me había enganchado a la forma de contar la historia, a sus protagonistas involuntarios, y también a su música, obra de Blake Neely, también autor de infinidad de bandas sonoras para películas y series de televisión.

Hay un problema con la música de bandas sonoras: nos resulta difícil abstraernos de lo que hemos vivido al tiempo que las escuchábamos. Quizás, para aquellos de vosotros que no hayáis seguido The Keepers esta música sólo os parezca un fondo musical levemente sentimentaloide y convencional, pero a mí me transporta a Baltimore en los años 60, al perturbador Instituto Keough, a las pesadillas que no son pesadillas, sino reales. Así que para mí ya es imposible ser objetivo.

Suena un violín que zozobra sobre las cuerdas, tembloroso y frágil, casi llorando en arpegios que son como lamentos, insistente y simple. Esta es la llave de entrada para sumergirnos en una historia dolorosa, que probablemente no es fácil ni entretenida pero sí profunda y necesaria.