Una vez más me encuentro frente al papel y las pantallas, leyendo y buscando respuestas. Tal vez no sea lo mejor buscarlas aquí, pero la lectura y la escritura suelen ser un buen comienzo. La gran incógnita que me ha impulsado a escribir esta reflexión es mi dificultad de llevar a la práctica algo que, con bastante claridad,en teoría conozco. Para aprender a tocar el violín hay que estudiar.

No hablo de aprender teoría musical o solfeo, claro que eso sirve. Lo principal, sin embargo, es tomar el violín y ensayar desde cuerdas al aire hasta melodías clásicas o populares que nos atraigan. A pesar de saber esto, no es algo que hagamos con facilidad. Recuerdo a un profesor de la universidad: “Para lograr algo, uno debe tener un propósito claro o una necesidad muy grande.”

Seguramente muchos nos planteamos esto tanto a lo largo de nuestra carrera con el violín como en la vida en general. Podría estar estudiando y sin embargo estoy mirando una serie. No me malinterpreten, mirar series o simplemente no hacer nada es algo muy sano. Todos necesitamos un respiro de nuestras actividades diarias, mantener una vida social activa y divertirnos. Ahora bien, entre todas las actividades y obligaciones que tenemos debería entrar la de dedicarle un momento a nuestro proyecto, sea cual sea. ¿O estoy siendo muy ambicioso? Quiero pensar que soy más bien coherente con el proyecto en el que nos embarcamos. El violín es un instrumento que necesita horas de dedicación. Podemos estar estancados durante años en un mismo lugar o avanzar muy lentamente. Preguntémonos entonces ¿cuál es mi objetivo? y ¿y cuál es mi necesidad?

Es duro plantear estas preguntas porque muchas veces no queremos enfrentarnos a la realidad o no estamos listos para comprometernos. Debemos entender que, pase lo que pase, todo es parte de un proceso que estamos viviendo. Está bien si descubrimos que no tenemos un objetivo claro o que estudiar violín no es una necesidad. Tal vez sí tenemos un objetivo, pero no logramos alcanzarlo y nos frustramos. Todo esto nos sucede a las personas que nos aventuramos a probar cosas nuevas. Lo bueno es que, sientes que el violín te llama, más allá de no tener un objetivo claro o no saber el porqué de la llamada, hay muchas maneras de responder.

Un estado de flujo 

Mihály Csikszentmihalyi es un investigador, psicólogo y docente estadounidense que centra sus estudios en la creatividad, la felicidad y el bienestar. Habla de un estado del ser denominado fluir, un estado al que se llega al vivir una experiencia autotélica en la que la ansiedad y el aburrimiento quedan de lado. Voy a plantear este concepto de fluir como un eje de lectura para alcanzar una experiencia autotélica en el violín.

Antes de continuar quiero asegurarme de dejar claros estos dos conceptos: el de experiencia autotélica y el de fluir.

Mihály Csikszentmihalyi nos habla sobre el concepto de flujo:

Como resultado, sucede uno de los aspectos más distintivos y universales de la experiencia óptima: las personas están tan involucradas en lo que están haciendo que la actividad llega a ser algo espontaneo, casi automático; dejan de ser conscientes de sí mismos como seres separados de las acciones que están realizando.

Una bailarina describe cómo se siente cuando lo está haciendo bien: «Te sientes totalmente concentrada. La mente no divaga, no piensas en otras cosas; estás totalmente involucrada en lo que haces. […] La energía fluye muy suavemente. Te sientes relajada, cómoda y llena de energía».

(Csikszentmihalyi, 1997, p.89)

Respecto de la experiencia autotélica nos dice:

La palabra “autotélico” deriva de dos palabras griegas, auto, que significa en sí mismo, y telos, que significa finalidad. Se refiere a una actividad que se contiene en sí misma, que se realiza no por la esperanza de ningún beneficio futuro, sino simplemente porque hacerlo es en sí la recompensa.

(Csikszentmihalyi, 1997, p. 109)

Tal vez estos extractos de su libro nos permitan entender mejor cuál debe ser la sensación buscada. El objetivo es que el tiempo que le dediquemos a estudiar sea óptimo, beneficioso y no entorpecido por factores externos. Comprometernos con la música nos obliga a una reflexión previa al estudio. Solo unos minutos para saber qué vamos a estudiar, cómo lo vamos a hacer y qué esperamos obtener por el tiempo dedicado (hay que tener objetivo aunque solo sea para una sesión). El tiempo dedicado se transforma entonces en un tiempo bien utilizado, consciente, con objetivos más definidos, y no simplemente un tomar el violín y tocar lo que venga, porque estamos hablando de tiempo de estudio que queremos usar para mejorar. ¡Claro que podemos tocar lo que queramos de la manera que queramos! Pero luego no vale decir que estuvimos estudiando y no sabemos por qué no avanzamos.

Estoy convencido de que llevar a cabo una sesión de estudio entorpecida que no cumple con ciertos parámetros es perjudicial para nuestros hábitos. No sacaremos mucho placer de esa sesión y hasta podríamos aburrirnos sin saber qué estamos haciendo. Todo por decir hola, he estudiado. Planteémonos entonces llevar a cabo una experiencia de estudio que fluya.

Pero… ¿cómo?

Consejos para una experiencia de flujo 

Mihály Csikszentmihaly nos plantea en su libro Fluir, una psicología de la felicidad ciertos puntos que debemos tener en cuenta a la hora de lograr una experiencia de flujo:

Primero, la experiencia suele ocurrir cuando nos enfrentamos a tareas que tenemos al menos una oportunidad de lograr. Segundo, debemos ser capaces de concentramos en lo que hacemos. Tercero y cuarto, normalmente la concentración es posible porque la tarea emprendida tiene unas metas claras y nos ofrece una retroalimentación inmediata. Quinto, uno actúa sin esfuerzo, con una profunda involucración que aleja de la conciencia las preocupaciones y frustraciones de la vida cotidiana. Sexto, las experiencias agradables permiten a las personas ejercer un sentimiento de control sobre sus acciones. Séptimo, desaparece la preocupación por la personalidad aunque, paradójicamente, el sentimiento acerca de la propia personalidad surge más fuerte después de la experiencia de flujo. Finalmente, el sentido de la duración del tiempo se altera; las horas pasan en minutos y los minutos pueden prolongarse hasta parecer horas. La combinación de todos estos elementos ocasiona un sentimiento profundo de disfrute que recompensa tanto a las personas, que estas sienten que gastar un gran cantidad de energía para ser capaces de sentirlo es, simplemente, algo útil.

(Csikszentmihalyi, 1997, p.82-83)

En este extracto de su libro, Csikszentmihaly nos muestra el camino a recorrer para alcanzar una experiencia de flujo. Por supuesto, no es una experiencia que pueda crearse artificialmente siguiendo una receta. No obstante, saber cómo otras personas viven la experiencia puede facilitarnos la tarea. Entre estos puntos encontramos ocho características que querríamos aplicar al tiempo de estudio.

Una actividad desafiante que requiere habilidades

En este primer punto se nos plantea la búsqueda de un equilibrio. Un desafío que ponga en práctica nuestras habilidades de manera balanceada. Si nuestras habilidades son altas para el desafío, corremos el riesgo de aburrirnos. Si no son suficientes nos frustraremos.

Esto lo ilustran muy bien a través de este esquema:

Tendremos que ver si lo que nos proponemos estudiar es acorde a nuestro nivel. Si reconocemos nuestro nivel y trabajamos aspectos de este podremos entrar en ese Canal de Flujo que nos permita disfrutar de la actividad. Por esto debemos ser muy atentos al estudiar o tomar clases para saber si las propuestas de nuestro profesor o lo que nosotros mismos nos planteamos es demasiado o demasiado poco. Personalmente me di cuenta de esto cuando, tras haber estudiado con varios profesores, uno comenzó a plantearme actividades que respondían a mis necesidades como estudiante. Mejorar la afinación, la destreza en las digitaciones o la calidad del sonido. No siempre podemos esperar que el profesor nos plantee nuestras necesidades si nosotros no somos capaces de reconocerlas.

Combinar acción y conciencia

Debemos tener en cuenta que, para alcanzar esa zona de flujo, no solo basta con aplicar nuestras habilidades con un finalidad clara. Por un lado necesitamos nuestro esfuerzo físico y por otro una atención focalizada en nuestras acciones. No sirve de nada estudiar durante horas si nuestra mente está divagando. Lo ideal es poder ser conscientes de lo que estamos haciendo, cómo lo estamos haciendo y aprender de ello.

Puedo hacer, por ejemplo, una escala de Do mayor. Saber que esta escala no tiene ninguna alteración y comenzarla con un tercer dedo en la cuerda de Sol. Sin embargo, si no me concentro, es muy fácil que las distancias no sean las correctas y esté desafinando sin darme cuenta. Para solucionarlo debo estar presente, saber qué estoy haciendo y cómo debe sonar, evitar distracciones, alejar el teléfono y las pantallas y pedir que no me interrumpan. En ese momento tu concentración está ahí, al menos por quince minutos. Hoy en día nos cuesta mucho concentrarnos, pero podemos lograrlo si lo trabajamos.

Metas claras 

Ya tenemos un poco más claro el proceso respecto a nuestras habilidades, desafíos y atención. Ahora bien, antes de empezar a estudiar o ensayar debemos definir nuestra meta. Una meta acorde a nuestras capacidades, para no frustrarnos o aburrirnos.

Mihàlyi Csikszentmihalyi nos dice:

La razón que justifica una involucración tan completa en una experiencia de flujo es que, normalmente, las metas están claras y la retroalimentación es inmediata.

(Csikszentmihalyi, 1997, p.90)

Es decir, debemos saber adonde vamos para llegar de la mejor manera posible. Supongamos que nuestro objetivo es hacer un buen vibrato, uno que no esté agarrotado y nos auxilie cuando lo necesitemos. En este caso sabemos que el objetivo de nuestra primera sesión de estudio no puede ser “hacer un vibrato perfecto”. Esto se encontraría fuera de nuestro alcance y solo lograríamos frustrarnos y ponernos muy ansiosos. Hay que saber que en las primeras sesiones nuestro objetivo va a ser menor, tal vez lograr aflojar los dedos, poder mover la muñeca, controlar el brazo, cuidar la rigidez o no mover el violín. Estos son objetivos más factibles en el aprendizaje que nos llevará a un buen vibrato.

Teniendo una meta clara ahorramos mucho tiempo de estudio y mejora nuestro progreso. Tenemos que recordar que el violín es un instrumento muy complejo (¡en realidad todos lo son!). No le tengamos miedo a metas pequeñas, estas nos ayudan a mejorar cada aspecto de nuestra interpretación. Podemos proponernos trabajar la respiración, la posición del cuerpo o de un dedo como meta. Lo que no podemos plantearnos, al menos si son estudiantes como yo, es una meta difusa como puede ser la de aprender a tocar bien un concierto; ya que en él encontraremos múltiples desafíos por superar que deben abordarse individualmente.

Retroalimentación

La retroalimentación es un concepto con múltiples significados. Nosotros nos centraremos en la retroalimentación en el aprendizaje. En este sentido, la retroalimentación consiste en reconocer los errores y aciertos para poder corregir unos y reforzar otros. La retroalimentación va de la mano con las metas claras ya que es lo que nos permite saber si hemos alcanzado el objetivo o si hay aspectos que debemos corregir.

Por ejemplo, si sabemos que nuestro objetivo es tocar una escala de SOL mayor y nuestro FA siempre es natural, debemos corregir ese error para hacer la escala que queremos. Por eso es importante que la ejecución no sea inconsciente, ya que al estar solos no podemos pedirle a nuestro profesor que nos juzgue y corrija. Somos nosotros los que debemos estar atentos y corroborar si la nota es la adecuada y, en caso necesario, corregirlo.

La concentración sobre la tarea actual

Más allá de la atención focalizada en las acciones que estamos realizando, debemos tener una concentración general que nos permita estar presentes en nuestro momento de estudio y no perdernos en ideas abstractas o problemas que podamos tener.

Sé que esto es muy difícil, sobre todo en el mundo actual. Estamos acostumbrados a que la información que recibimos sea fugaz y por periodos cortos. Muchos aspectos de nuestras vidas se han transformado en instantáneos y sobre todo, hemos aprendido a funcionar como estos sistemas multitareas. Nos cuesta liberar nuestra mente y dejar de pensar. Justamente esto es lo que requiere nuestro espacio de estudio.

Sse parece mucho a volar; uno sube al avión y, cuando despega, ya no hay vuelta atrás. No podemos abrir la puerta y tirarnos (a menos que seas paracaidista profesional). El avión se transforma en un espacio de relajación, en el que no puedo hacer nada respecto a los problemas y cuestiones de mi vida. Puede que haya un bebé que llora o un niño correteando, tal vez los asientos sean muy pequeños e incómodos, pero esos problemas pertenecen a ese espacio. Al estudiar violín deberíamos sentirnos como en un avión: La compuerta está cerrada, no puedo hacer nada más que lidiar con lo que tengo aquí ahora.

Para lograr estos espacios recomiendo la práctica de la Atención Plena o Mindfulness en inglés. Estos ejercicios suelen mostrar buenos resultados en muchos aspectos de nuestra vida, incluido el de la música.

Control sobre nuestras acciones 

Podríamos pensar que este punto es descaradamente evidente. Uno debe tener control sobre lo que hace al momento de interpretar para poder hacerlo de la mejor manera posible.

Ahora bien, muchas veces me encuentro tocando una obra larga por lo que parecen ser bastantes minutos y me doy cuenta de que cuanto más avanzo más desprolijo me vuelvo. Como si estuviera a punto de ahogarme y luchara por mantenerme a flote o como cuando corres muy rápido y empiezas a perder el equilibrio. Me doy cuenta sobre todo al momento de usar el vibrato en pasajes de corta duración. No puedo echarle la culpa a la obra. Es en esos momentos en los que uno debe poder controlar lo que hace. Saber cuando reponer el arco y, sobre todo, poder hacerlo, usar los golpes de arco adecuados, gestionar el tiempo y no sentirnos apabullados por todas las tareas que debemos hacer.

No queremos terminar encorvados o en posiciones raras por no ser capaces de controlar lo que hacemos. Esto es muy importante de reconocer ya que nos permite trabajar nuestras capacidades. Muchas veces no son errores, simplemente destrezas que aún no hemos alcanzado y que debemos trabajar. A veces el arco se quiere ir corriendo o cambiamos a tercera y terminamos inventando una nueva posición. Esto está bien, es algo que sucede y con el tiempo podemos aprender a controlarlo, simplemente tenemos que saber que somos capaces de hacerlo y no resignarnos a que sea de ese modo.

La pérdida de autoconciencia 

Este último punto es uno de los más importantes y esenciales, a mi parecer, para alcanzar el éxito en lo que uno se proponga y tiene un gran peso tanto a la hora de ensayar como a la hora de tocar en público.

La pérdida de la autoconciencia puede darse en el momento en el que nos encontramos inmersos en nuestra actividad musical. Cada aspecto de nuestro ser, nuestra atención y nuestra energía se encauzan en una misma dirección impidiendo que otros factores entorpezcan nuestro proceso de flujo.

O en las palabras de un famoso navegante oceánico: «uno se olvida de sí mismo, se olvida de todo y ve únicamente el juego del barco con el mar, el juego del mar alrededor el barco, y se deja de lado todo lo que no es esencial en este juego …».

(Csikszentmihalyi, 1997, p.103)

Esto es muy importante en la medida en que, si se logra, uno deja de gastar energía en preocuparse por aspectos que van más allá de la interpretación de una obra musical (cómo me veo, cómo me ven los demás, si se oye bien, si lo estoy haciendo bien) para sentir lo que hace y poder de alguna manera trascender ese momento. Es esta una de las dichas más grandes del arte y en general de lo que uno ama: la sensación de formar parte de algo más allá de lo que somos.

El violinista, envuelto en el torrente de sonidos que ayuda a crear, siente como si formara parte de la “armonía de las esferas” (…) llega a ser parte de un sistema de acción mayor que la personalidad individual que había sido antes.

(Csikszentmihalyi, 1997, p.105, 106)

No creo que sea algo que se logre con facilidad, hasta ahora me ha pasado pocas veces y no tocando el violín. A pesar de ello, el simple hecho de saber que esto puede suceder es un motor para estudiar y tocar con mayor motivación.

En busca de una experiencia autotélica

Quiero terminar esta reflexión hablando de la experiencia autotélica. Considero que es un buen concepto para tener en cuenta al tomar el instrumento para tocar.

Buscar que los momentos en los que toquemos estén llenos de valor sin necesidad de un objetivo fuera que nos esté llamando a gritos. Más allá de concursos, conciertos o presentaciones que podamos tener, es importante encontrar la felicidad en lo que hacemos ya sea porque es un desafío que nos permite mejorar, porque nos sentimos en control de nuestras acciones o por el simple hecho de que nos gusta, seamos los mejores o no.

Hoy en día sabemos que la verdadera felicidad no suele entender de premios, dinero o reconocimientos externos sino que es algo que se encuentra dentro. Tenemos la ventaja de conocer la herramienta con la cual podemos encontrarla. Por supuesto que mi objetivo puede ser externo, tocar en un recital o tener un puesto en una orquesta. Incluso me parece muy sano plantear proyectos musicales, formar ensambles y salir a tocar. Estos objetivos están muy bien y muchas veces nos motivan a trabajar y dedicarle horas al estudio, pero también suelen desgastarse con el tiempo. El pilar principal debe estar entonces dentro de uno y es ese que vamos construyendo con cada experiencia, cada alegría y victoria en nuestra travesía musical.