Cierto día de febrero de 1911, Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, Barón de Salas, el Paganini negro, el Rey de las octavas, coetaneo y rival en popularidad de gigantes como Sarasate, Ole Bull, Eugene Ysaye, o Joseph Joachim, ofrecía en Ronda, España el último concierto del que se tiene noticia. Apenas seis meses después, en un Buenos Aires sumido en el pleno invierno, moría completamente solo, en la miseria y vestido con harapos, desecho por dentro a causa probablemente de la tuberculosis.

Así lo contaba el semanario argentino de la época Caras y Caretas, con cierto clasismo y racismo que chocan con nuestra sensibilidad actual, pero esclarecedores de la realidad del Buenos Aires de entonces.

Violinista Brindis de salas muerto

-¡Hola ¿Hablo con la Aistencia Pública?

– Sí, señor ¿Y yo?

– Con la fonda y posada «Ai re dei vini», del Paseo de Julio, 294. Sírvase mandar una ambulancia a recoger un enfermo grave. Es un negro atorrante que se está muriendo.

La ambulancia fue. Regresó trayendo al infeliz. Se le acostó en una cama para examinarle. Era un negro. Dos enfermeros comenzaron a quitarle el traje. Tenía el saco y los pantalones sucios y descosidos. Los botines rotos. Las prendas interiores eran… ¡Qué pena! ¡Qué asco! Daba pena y asco, en verdad, toda aquella miseria. La camisa, inmunda. Y debajo, en vez de camiseta, un corsé masculino, con ballenas. Un corsé parecido al que usan las mujeres ¡Pero, qué sucio!

– ¿Quién será este hombre?

– Un atorrante, sin duda.

-Aquí, en este bolsillo, tiene algunos papeles. Hay un pasaje. El programa de un concierto en Ronda. Una tarjeta. Un pasaporte… ¿Qué dicen?

-«Caballero de Brindis, barón de Salas». ¡Oh! ¡Es el célebre violinista Brindis de Salas!…

Al oírse nombrar el moribundo tuvo un segundo de lucidez. Abrió los ojos y dijo:

– Sí, soy Brindis de Salas. Pero me muero…

Violinista Brindis de salas muerto

Después cerró los ojos. Empezó a agonizar. Y lentamente, tranquilamente se fue quedando frío. Duro. Yerto. ¡Muerto! En una narihuela de carnicería llevaron su cadáver al depósito de la Asistencia Pública. Allí lo tiraron, junto a un joven suicida y a un viejo ladrón a quien un compañero matara de un balazo. Así lo encontré yo. Sobre el cadáver habían puesto su ropa y su corsé mugriento. Ese corsé era el último reflejo de la vanidad del pobre negro…

Prosigue el artículo de Caras y Caretas, en el que el autor nos transmite su opinión de la forma de tocar de Brindis de Salas, que no valora excesivamente, por heterodoxa:

«La historia de este lírico bohemio se parece a un cuento… Sin embargo, es cierto. El primero de junio murió en nuestra ciudad…

Llegó de Europa en el vapor «Satrústegui». ¿A qué vino? Se ignora… Después de haber hecho temblar el corazón de las mujeres; después de haber paseado por el mundo su alma que era un violín; después de tanto amor, de tanto fuego, de tanto sol, de tanta melodía, de tanta gloria y de tanto laurel, cayó al fin, destrozado. Viejo, pobre, sucio, negro, tísico y solo… ¡Solo! ¡Solito! Ni siquiera tuvo en el momento de morir el consuelo de abrazar el violín que lo hizo célebre.

Juzgar a Brindis de Salas es tarea muy fácil. No era un genio. Tampoco era un talento. Fue un violinista genial porque era negro… Era, sencillamente, un hombre. Un hombre que soñaba. Iba por el mundo con las alas abiertas. Se embriagaba de sí mismo. En la copa de su orgullo, se bebió de un trago todo su porvenir. Su muerte miserable fue el último tumbo de su embriaguez. Hay mujeres que al mirarse al espejo se emborrachan -vestidas o desnudas- con su propia belleza. Brindis de Salas oía la voz de su propio violín, y se mareaba con las armonías que él mismo se arrancaba del espíritu… Hallábase siempre borracho de gloria… No tocaba sino cuando quería. Su vanidad necesitaba el humo del aplauso. Por eso odiaba y amaba las ovaciones.

Alto, varonil, esbelto, garboso, Brindis era bello. Mi abuela decía de él: «Parece un hombre rubio, tallado en ébano…» En el proscenio, con su violín era un imán. Sus ojos relampagueaban. Movía el arco con una destreza admirable. Dominaba y manejaba todas las «poses». Era un D’Anunzio del frac, de las corbatas y de los cuellos. Como intérprete era incorrecto, en el sentido de que no siempre respetaba las obras. Conocía las debilidades del público. Era efectista. Arrancaba el entusiasmo a tirones. Pero su fogosidad dominaba, subyugaba, ataba…

(…)

Ya enriquecido se fue de nuevo a Europa. Estaba casado allí con una señora de la nobleza alemana, rubia y muy hermosa. Vive todavía en Berlín. Allí viven también los tres hijos de Brindis. Los tres son rubios. Son violinistas de cámara del emperador. Están ricos. Una hija natural, -negra.- debe estar en Buenos Aires. No se la encuentra….

Brindis nació en Cuba. Pero se naturalizó alemán, aunque en el pasaporte hallado en su bolsillo consta que es prusiano…

Hablaba siete idiomas. El emperador de Alemania le condecoró la «Cruz del Águila Negra».

Nació el 4 de agosto de 1852. Su padre, Claudio Brindis, era un músico célebre. Como él, era cubano y negro. Fue, como él, muy rico. Murió como él, muy pobre. Y ciego…

En Buenos Aires la popularidad de Brindis era enorme. Una bella dama porteña enamoróse de él. El negro le envió desde Cienfuegos un retrato que decía: «A tus divinos ojos».

El día del entierro -un entierro triste de poeta condenado a sufrir la ironía de las cosas humanas- la dama fue al cementerio y echó sobre la tumba del artista un puñado de rosas… Alguien cree que Brindis ha muerto envenenado.

Su muerte es misteriosa…»

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Imágenes procedentes de los fondos de la Biblioteca Nacional de España

Cómo puede ser que, en tan poco tiempo, un hombre de éxito social y profesional terminara en tan desesperada situación es algo que buscaba descubrir cuando empecé a investigar sobre él, pero creo que apenas he podido esbozar algunas hipótesis.

Pero empecemos por el principio.

Brindis de Salas nació en La Habana el 4 de agosto de 1852, en una familia cuya figura paterna era Claudio Brindis de Salas, también buen violinista, contrabajista y director de orquesta de bailes. De su padre, un hombre formado y de relativa (teniendo en cuenta la discriminación racial) buena posición, gracias a sus relaciones con medios castrenses, obtuvo sus primeras enseñanzas e influencias musicales, que lo encauzarán rápidamente y le adjudicarán maestros como José Redondo y, posteriormente, del belga afincado en la capital cubana José Van der Gucht.

No hay virtuoso que se precie de quien no se narren actuaciones a muy temprana edad con enorme éxito. Nuestro protagonista mostraba su talento al mundo a los 11 años, en el Liceo de La Habana, en un concierto con el que comenzó a construir su imagen de prodigio de la música.

Este fue el comienzo de una carrera ascendente que lo llevó a ser aceptado en el Conservatorio de París, donde perfeccionó sus conocimientos técnicos e interpretativos con Camilo Ernesto Sivori, un alumno de Paganini de quien también aprendió un extenso repertorio de esos recursos y gestos dramáticos que tan bien dominaba el portentoso italiano.

Así fue rápidamente forjando un estilo interpretativo muy personal: elegante, efectista y variado, que lo llevó a ganar con 18 años el primer premio del Conservatorio de París.

El inicio de la fama.

Entre 1871 y 1911 Brindis de Salas ya había adquirido un prestigio que se hizo internacional y lo llevó a actuar por muchos auditorios del mundo con un generalizado éxito de público y crítica.

Podemos aventurar que el joven Claudio José rompía todos los estereotipos de la época y proyectaba una imagen exótica, poderosa y sorprendente que, unidos a su virtuosismo y capacidad técnica, despertaba admiración y entusiasmo allá donde aparecía.

El impacto que producía provenía tanto de su interpretación como de su imagen física: se le decribía como «alto, varonil, esbelto, garboso» y, con poca imaginación dada su raza, se le asignaron sobrenombres como «El Paganini negro», el «Paganini cubano» o, reflejando  uno de sus recursos técnicos más destacados, «El Rey de las Octavas».

Pero frente al entusiasmo generalizado que despertaba en el público, la crítica no siempre era unánime; se decía alternativamente que era genial, con buen gusto y gran pureza de entonación, que expresaba gran energía y sutileza, pero también que no respetaba la obra o que era «efectista». Pero este tipo de críticas no son infrecuentes cuando se valoran artistas con una gran personalidad y estilo marcado. En toda época hay guardianes de la ortodoxia (también hoy) que definen «cómo debe interpretarse cada cosa» y no les gusta que haya músicos que transforman las piezas clásicas en base a su estilo y sensibilidad.

En Francia, una crónica del diario Le Temps contaba que nadie como Brindis de Salas había sabido apoderarse de su auditorio y dominarlo tan completamente. Tras actuar en San Petersburgo, realizó una gira por Italia. En la ciudad de Milan, un periódico afirmaba: “arranca del violín dulcísimos sonidos, acentos apasionados y aun en las más difíciles variaciones conserva una serenidad, un buen gusto y una pureza de entonación verdaderamente envidiables”. Un diario de Florencia narraba “…el joven negro maravilló y llenó de entusiasmo al auditorio: es violinista de actividad admirable, tiene un portamento de arco ligerísimo y al mismo tiempo una energía que lleva impreso el ímpetu, característico de su raza; siente y siente con una pasión que le chispea en las pupilas, que son de una expresión electrizante.»

violinista cubano brindis de salas

Caricatura del violinista publicada en la revista Caras y Caretas.

En 1875 viajó a América para dirigir el Conservatorio de Haití y realizar una gira de conciertos por Centroamérica y Venezuela. Dos años después regresó a su Cuba natal, con un concierto en el Teatro Payret que causó un gran revuelo y abrió las puertas para realizar una gira por todo el país.

Pero para entender lo extraordinario de este éxito hay que conocer la situación social y racial en las últimas posesiones españolas en Ultramar: aunque España nunca fue un agente destacado en el tráfico y utilización de esclavos (los indígenas americanos, por ejemplo, eran súbditos de la Corona y no podían ser esclavizados), y en la Península era ilegal desde 1817, no se mantenía la misma política en Cuba y Puerto Rico, donde se continuó utilizando mano de obra esclava de origen africano en plantaciones hasta prácticamente finales de siglo, siendo España el último país europeo en declarar esta práctica ilegal en todos sus territorios.

Así, mientras que en 1865 fue abolida la esclavitud en Estados Unidos, el Parlamento español (y con la oposición de importantes nombres como el marqués de Comillas, el conde de Peñalver o incluso la propia María Cristina de Borbón) no fue hasta 1880 que la declaró ilegal en Cuba. Seis años después, un Real Decreto completaba esta decisión, liberando a unos 30.000 esclavos que aún continuaban siendo forzados.

Es especialmente destacable, por tanto que un hombre negro, nacido y educado en un lugar en el que las personas de su raza eran a menudo esclavizadas, llegara a tener un éxito social y comercial de tal magnitud.

Fortalecido con este éxito en su tierra, emprendió de nuevo la aventura realizando diversos conciertos en Europa, donde volverá a tener éxito comercial, aunque la crítica no siempre le acompañe del mismo modo, siendo a veces positiva, pero otras relativizando su valor y enmarcándolo en el virtuosismo pero no en el valor artístico.

En el medio «La Crónica de la Música» de Madrid, con ocasión de la interpretación por parte de Brindis de Salas del concierto de Mendelssohn, por ejemplo, se publicaba este comentario chocante que, con aparentes buenas intenciones, nos informa de que realmente en aquella época, algunas obviedades no eran compartidas por todo el mundo:

La Crónica de la Música, Madrid, 24 de abril de 1879

Los premios y condecoraciones le fueron concedidas por toda Europa: fue nombrado Caballero de la Legión de Honor en Francia, recibió la Gran Cruz de Carlos III en España, y la orden del Águila Negra en Alemania.

Fue en este último país donde más éxitos y reconocimiento obtuvo, y fue también donde se dice que llegó a casarse con una misteriosa dama de la nobleza, matrimonio a cuya ceremonia habría asistido el propio emperador Guillermo II. Sería entonces cuando, además de condecorarlo, lo habría nombrado Barón del Imperio y violinista de su corte.

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Brindis de Salas con la condecoración alemana de la Orden del Águila Negra.

La decadencia

Ésta es probablemente su época de mayor éxito. A partir de entonces, su estrella comenzó un lento declinar que ya no se detendría hasta su patético final.

¿Es posible que no supiera gestionar la fama y los elogios? Se cuenta que no llevaba seriamente su carrera profesional: actuaba de forma desordenada, rechazando o aceptando actuaciones de forma infantil y caprichosa.

Su matrimonio naufragó. Harta su mujer de verlo cómo a menudo derrochaba su arte en cafés de barrio o locales repletos de marineros borrachos, en 1898 solicitó el divorcio.

Obedeciendo al mito del artista melancólico, se nos cuenta que atravesó etapas de depresión y postración, seguidos de frenéticas juergas y reacciones temperamentales.

Este tipo de vida desordenada e inestable comenzó a mermar su salud y su arte. Al inicio del siglo XX Brindis de Salas ya no era la novedad exótica que sorprende y cautiva con su arte, su técnica y su porte elegante y apuesto. La música evoluciona pero él continúa haciendo lo mismo de antes, y su nombre empieza a asociarse al pasado.

Sus viajes continuarán, pero ya de forma desasosegada y decadente, entre Europa y América, con intervenciones de cada vez menor nivel, sin la chispa de sus años de juventud.

Y es que en este siglo XX ya apenas se encuentran grandes reseñas de Brindis de Salas. Parece irse apagando, desapareciendo de la escena pública y de la memoria de quienes lo admiraron.

Así, el 25 de mayo de 1911, a bordo del barco de vapor Patricio de Satrústegui, llega a Buenos Aires, ciudad en la que había triunfado enormemente veinte años antes, donde le habían regalado su Stradivarius, pero que ahora lo reencuentra solo, en la miseria y enfermo de tuberculosis, sin nadie que reconozca al ídolo aquel que, como Paganini, conmovía, exaltaba y emocionaba a públicos de todo el mundo.

Pero es más doloroso saber que murió en ese estado habiéndose desecho de su violín, que era una parte de su propio corazón, y del que tuvo que deshacerse por diez miserables pesos.

El último adiós: el violín de Brindis de Salas

Es esta probablemente la más certera metáfora de la muerte de un artista. Cuando; por un puñado de monedas, se deshizo de su Stradivarius, perdió su corazón y el sentido de su vida. Como un Fausto que debe entregar finalmente su alma a Mefistófeles, ésa que prometió a cambio de fama y riquezas y cuyo pago no pudo en su final eludir.

Así lo narra de nuevo el medio argentino Caras y Caretas del 16 de septiembre de 1911

He aquí una nota triste. Pocas palabras batan para describir esta tragedia. En un modesto «cambalache» de la calle Rivadavia, se encuentra el último violín que usó Brindis de Salas. Sabido es que el ilustre negro cubano, después de asombrar al mundo con su genio, murió en Buenos Aires como un simple atorrante, en una pobre cama de hospital. La Asistencia Pública lo recogió haraposo, agonizante, mudo. Al día siguiente falleció sin haber pronunciado una sola palabra, llevándose a la tumba el secreto de la última etapa de su vida. Corazones piadosos lo enterraron, y el silencio que cubre a los muertos nos hizo olvidar bien pronto al desdichado.

Pero, aparece ahora su violín. Y él, como mandado por su dueño, nos obliga a recordarle nuevamente.

Hemos entrevistado al dueño del negocio, señor Jorge Al Paulsen, y al empleado que compró a Brindis de Salas su armonioso instrumento. Pocos días antes de morir, vieron llegar a un negro, sucio y andrajoso, que con mucha cultura y una voz muy extraña ofrecióles en venta su violín. Creyeron que era un ladrón.

«- Tenía ganas de llamar al vigilante y hacerlo llevar preso, -nos dijo el dependiente- Pero el negro vio que yo desconfiaba y me contuvo diciéndome: «Vea, señor: yo no soy lo que aparento. Ahora estoy pobre, pero he sido muy rico». En seguida se colocó el violín bajo la barba, empuñó el arco y tocó en mi presencia una hermosa barcarola. Supuse que sería algún músico de campaña, que necesitaba vender su violín, y le di diez pesos. Le hice firmar un recibo, por las dudas, pero me pidió que no lo vendiera hasta después de un mes, porque creía poderlo rescatar al día siguiente. Cuando le entregué el dinero, me dio las gracias y se fue a la esquina. En seguida volvió. Me pidió nuevamente el violín «Quiero despedirme de él», -me dijo-. Lo tomó en sus brazos como quien alza a un niño y lo besó. Lo besó, como un loco, en las cuerdas, en el mango, en la caja, en todas partes… Yo me reía. Pensé que estaría loco. Luego se fue. Tomó el tranvía número 3 para el centro…

Y no lo vi más…»

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Imágenes procedentes de los fondos de la Biblioteca Nacional de España

Violinista cubano brindis de salas

Pero no querría terminar el artículo con los momentos trágicos de su vida. Prefiero hacerlo con una narración de cuando se encontraba en la cumbre de su arte y de su fama. Así narraba el crítico de arte Enrique Frexas su experiencia de ver una actuación de Brindis de Salas en una tertulia privada celebrada en la casa del político, historiador y periodista Bartolomé Mitré, actuación que le abrió las puertas del éxito en Argentina

Había entrado allí con una familiaridad de trato social que no alteró el ambiente, un hombre original, alto, de buenas formas, color de ébano y vestido de rigurosa etiqueta. Era Brindis de Salas, el violinista cuyo nombre, original también, tiene ya la fama de una reputación merecida.

Todos sentían como una vaga curiosidad de agrado, aunque se trataba de cosa desconocida.

Salas se había puesto de pie, al lado del piano, en el que el maestro Rodó lo acompañaba. Su mano se alzó de pronto, cayendo con el arco sobre las cuerdas del violín. Algo extraño pasó entonces.

Aquello era un sonido, una sola nota, pero que con su vibración se había apoderado de cuantos estaban en la sala. Desde aquellos momentos todos, miraron al mismo punto, y todos parecían seguir con profunda abstracción, y algunos hasta con el movimiento de su cuerpo, los giros de la frase, sus inflexiones, el dibujo sonoro, en fin, que es el ritmo melódico.

La soberbia “Cavatina” de Raff, después de sus compases iniciales, empezaba a crecer con todo su vigor, desenvolviendo sus arranques magníficos, alzando sus entretejimientos de cantos, viboreando en giros inesperados y llenos de acentuación originalísima, alternando con vigorosísimos plaqués a cuatro cuerdas con los armónicos delicadísimos o los finales suaves y dulcemente acariciadores.

¡Raro efecto! No se oía más que la música; nadie pensaba en que se estaba oyendo a un artista. Es que este había desaparecido, aniquilado en su presencia por la vivificación que de aquel trazo hacia. Tal comprensión había en la música, tal dominio del instrumento poseía, de tal manera parecía fundirse en el, de tal manera todo su fluido vital era absorbido por aquella ejecución, que todo era como una cosa sola la música que se escuchaba.

En ese, y ningún otro, el gran secreto de las bellas artes: el dominio del medio, sea el pincel, el arco o la palabra, de traducir noble y fielmente los íntimos fenómenos del cerebro propio, para tocar con ellos a los demás, o sea, establecer fácilmente la cadena vibratoria de centro a centro nervioso. Por eso, porque ha establecido esa cadena, la agita, la hiela o la enrojece, alguien domina a los demás que caen bajo su imperio hasta sentir la misma excitación del que ejecuta.

Llegó un momento, sin embargo, en que el ejecutante se hizo por él notable, fue cuando al tomar la frase enérgica, violentamente enérgica en su arco suave – raro efecto, porque empleando todo el poder de la muñeca no se oía roce alguno del arco con el violín – siguió aumentando aquel esplendor sonoro, cada vez mas amplio y el violín parecía multiplicarse, y las voces crecían, y entre todo eso se desgajó como un torrente de ejecuciones múltiples entrelazadas, todo tan limpio y rendido, que al redondear la frase en un giro de vuelo sorprendente, se despertó en todos un sentimiento de sorpresa, sentimiento que era el de lo nuevo -muchos no habían oído tocar así – y fue la noción de la diferencia lo que hizo volver la cabeza hacia el artista.

Fue entonces que se le aplaudió en un arranque que terminó su frase. Después de oír el ruido de las manos, comprendimos que no debíamos aplaudir mas; hacía mal efecto semejante ruido después de tales sonidos.

Y la atención se reanudó sobre aquel artista extraño, severa estatua de ébano, seria y correcta en su escuela de movimiento, que se destacaba sobre el fondo de terciopelo y oro de la tapicería.

El siguió con todo su poder la “Cavatina”; se conoce que es un hombre de pasión por su instrumento, el noble violín, a que es natural la identificación, como formando un solo cuerpo vibrante con el ejecutor, caja de resonancia y pensamiento, que entre ambos parece hacerse como un solo elemento de arte.

Así, llevado en el movimiento musical, a la difícil “Cavatina” siguió la “Fantasía”, de Ernst, sobre temas del “Otello”, de Rossini. La primera había terminado con su nota larga, que poco a poco se va apagando, y la segunda empezaba con el canto inspirado del gran maestro, tomado por Ernst de la legitima manera de Rossini, seria y grandiosa, no con el error de las virtuosidades mal llamadas”rossinianas” pecado de los cantantes de la época en contra del autor, por lo que juró no escribir más operas después de su Guillermo.

En esta pieza de gran concierto, aquel hombre poseído de su momento musical que la hacía abordarla, después de otra de mucha dificultad, pudo lucir aún más su completo dominio del instrumento, así como sus condiciones generales de artista igualmente fuerte, justamente equilibrado de todos los géneros; la fuerza, el brillo, la delicadeza o la bizarra originalidad de la frase.

Apenas concluida la “Fantasía”, de Ernst, el incansable violinista empezó a ejecutar una paráfrasis sobre temas de “Lucía de Lammermor”. Esta pieza era la de un pasionista de la melodía llevada a los más inspirados temas del maestro divino, como decía Verdi; era también la obra de un armonista notable por sus sucesiones de acordes y de un fuerte contrapuntista que se revelaba con gran poder en la interpretación del quinteto con sus efectos orquestales y capital propio, también llenando un inmenso cuadro sonoro de un trabajo continuo sobre las cuatro cuerdas del instrumento.

Aquí la fusión del artista a su momento musical fue aún mayor, y fácil de explicarse esto, sabiendo, como se comprendió desde el principio, que esa paráfrasis es de Brindis de Salas.

Puede decirse, porque hasta ahora no hacemos un juicio crítico, sino que fielmente trasladamos la impresión recibida, que desde aquel golpe de arco primero hasta el último de la paráfrasis, todos estuvimos, no sin sentirlo, sino sintiéndolo, y mucho, bajo el encanto poderoso de aquellos sonidos que nos embargaban.

Era natural apretar la mano de aquel artista, terminada la ejecución de su paráfrasis, a lo que un buen momento de conversación animada y una taza de té en el comedor siguió como agradable parte segunda de la reunión.

Su personalidad musical es fácil, bien fácil de comprenderse desde el primer momento, justamente por su misma franqueza correcta de gran escuela, severa, definida y clara.

Brindis puede ser juzgado y rápidamente se comprende en él un artista completo, señor y dueño del instrumento, severo y correcto ejecutante, sin ninguna de las farsas de brillo dulcamaresco con que quieren deslumbrar los que de artista nada tienen.

Hombre de talento propio, de capital individual en su manera de ejecución, ya sea abordando el género delicado, o el enérgico o el fantástico, es ceñido a la escuela moderna del violín, la que ha profundizado en todos sus recursos, los que fácilmente juegan en su mano e impregnan su ejecución de la clásica y eléctrica robustez sonora que lo caracteriza.

Brindis es, pues un artista que se presenta con el progreso de su instrumento, y los que han podido seguir la evolución del arte del violín, estudiándolo en sus más clásicos representantes, hallan en este hombre el último modelo que nos ha llegado en ese perfeccionamiento. Tan clásico es Brindis, que puede en él, al apreciarse la escuela, verse lo que ésta ha progresado.

En él la frase vale por sí misma, jamás es un medio de efecto; profundamente músico, todos los recursos de su educación artística no son sino para el arte, y de aquí la valorización de todos los matices que descubre a los que ejecuta, y que con facilidad le permiten abordar todos los géneros del instrumento, forman el cuadro musical completo que dibuja y colorea en cada pieza con armónicas equivalencias y con igual maestría, desde los grandes golpes poderosos hasta las medias tintas esfumadas como un suspiro.

Bajo la influencia de este orden de ideas, volvimos a la sala. Allí el violinista nos sorprendió con la repetición de la “Cavatina”, de Raff, a la que siguió “Souvenir de Haydn”, de Leonard, la admirable pieza favorita de nuestro público.

Después, Brindis tocó, simplemente como estudio brillante de una y otra mano consecutivamente, un arreglo suyo de “El Carnaval de Venecia”.

Aquel alto joven extraño que nos tuvo fascinados tanto tiempo, se alejó al fin, dejando un recuerdo insistente, que no pasó en largo rato, hasta que una pequeña artista, bella cabecita rubia, dotada indudablemente de talento musical, tocó algunos momentos en el piano.

Buena noche tibia, agradable, abrigada, a la que quedaba en aquella sala, de medio tan afectuoso; fría por el contrario en la calle, donde nos alejamos entre el barbero viento de agosto.